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El rostro amargo de los corteros de caña

Carlos Piedrahita, TrasLaColaDeLaRata.com

Desde finales del año pasado los corteros de caña en La Virginia (Risaralda, Colombia) protestan para exigir que se mejoren sus derechos laborales. Varias fueron las veces marcharon por Pereira en el 2014 y muchas más la concentraciones que han hecho este año en el municipio aledaño. Las razones son invisibilizadas, pero durante una jornada en los cañaduzales, escuchando sus historias, dan una imagen de lo que los motiva a dejar de cortar caña para alzar su voz. Tercerización laboral.

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Texto y fotos por: Carlos Piedrahita [Twitter @GnomoSpeed]

Cada día los labriegos entran a los filosos cañaduzales sin garantías laborales ni un sueldo que justifique su desgaste físico. Enfermos y cansados, son explotados de manera indirecta por el Ingenio de Risaralda, contratados por periodos cortos de tres meses y remunerados con alrededor de seis mil pesos por tonelada cortada, un precio que pesa sobre las espaldas dobladas de los más viejos, a quienes el tonelaje derribado por sus machetes a veces no les alcanza para comer.

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Siguiendo el río Cauca, que cruza los extensos cultivos de caña del Valle del Cauca, se encuentra una parte de los corteros de caña del Ingenio Risaralda, que a diferencia de los vallecaucanos, llevan años bajo el azote del peor de los olvidos. Hasta allí no llegaron los paros de corteros que sacudieron al sector del azúcar en el 2005 y el 2008 y fue apenas hasta finales del 2013, en parte contagiados por el paro cafetero de fuerte presencia en Remolinos (Risaralda), que empezaron a buscar asesoría entre los dirigentes agrarios para reclamar derechos laborales. El proceso dejó una semilla en los corteros y meses después terminaron creando una filial del sindicato Nacional de la Industria Agropecuaria, Sintrainagro.

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Cuentan los hombres tiznados que no sabían que era eso de las ocho horas de trabajo, y es que antes de formarse el sindicato salían en la madrugada de sus casas y retornaban al anochecer. “Ya no veíamos a nuestros hijos, cuando salíamos a trabajar estaban durmiendo y cuando regresábamos ya se habían acostado, nos ponían a trabajar como a burros… las jornadas eran tan extensas que si caía el sol y no habíamos acabado de cortar el tajo asignado, nos prendían las luces de los buses para que termináramos”, dice Luis Sánchez, que ahora es directivo sindical. Por su parte Arley Bonilla, el joven presidente del sindicato, describe la anterior situación como el infierno laboral: “A veces nos hacían trabajar tanto, bajo unos calores tan fuertes, que varios nos tirábamos al suelo y nos tapábamos con los cogollos de la caña para evitar que nos dieran más tajo para cortar”.

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Sus historias son extensas y llenas de testimonios que parecen sacados de otra época, o de las minas africanas. Abundan los enfermos, hay corteros que caminan con dificultad o tienen la actividad motriz reducida a la mitad del cuerpo y no han sido reubicados, incluso uno de ellos tiene mal de Parkinson. Para describir la situación completa de los corteros del Ingenio Risaralda, que había escapado por mucho tiempo a la organización obrera, se necesitan horas, días enteros de trabajo periodístico. Los hombres que cortan la caña claman por quien los escuche.

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Y si bien el sindicato les ha brindado derechos laborales mínimos y en la práctica la oportunidad constitucional de protestar, sus condiciones siguen rayando en las prácticas laborales de mediados del siglo 20. Los contratistas con los que están tercerizados han emprendido una campaña de persecución contra los afiliados que solo tienen contratos de tres meses, y en el último corte a algunos no les fue renovado el contrato sin razón aparente. Entre los patrones hay concejales, dueños de cooperativas de préstamos y exsindicalistas que, intermediando entre el Ingenio y los trabajadores, pasaron del anonimato a ser poseedores de enorme capital en sus pueblos.

A su vez, el Ingenio Risaralda dice que los hombres tiznados que cortan la caña que allí trasforman en azúcar y etanol no tienen nada qué ver con la empresa y entregan comunicados en la entrada de los cultivos negando cualquier vínculo con los trabajadores que empiezan la jornada, mientras ellos se preguntan: “Si la caña no la estamos cortando para ellos, ¿para quién más va a ser?”.

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La explotación laboral de los campesinos sigue viva más que nunca. Los corteros de caña de los kilómetros azucareros escondidos en las riberas del río Cauca, siguen desarrollando actividades para exigir la contratación directa con el Ingenio; conseguir, dicen ellos, lo que hoy tienen los corteros del Valle del Cauca: dignidad y condiciones laborales civilizadas.

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Ellos piensan en cuántas brazadas dan para que las tres cucharadas de azúcar lleguen al café por la mañana de los muchos de colombianos que desconocen entre noticiarios, su esclavitud en el siglo XXI; son rostros ávidos de que sus historias comiencen a ser contadas…

Visite el video relacionado con las protestas de este mes.

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Tomado de: http://www.traslacoladelarata.com/2015/03/12/el-rostro-amargo-de-los-corteros-de-cana/

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